¿Por qué discutimos más cuando viajamos?
Muchas familias piensan que el destino ha sido un error cuando empiezan a aparecer los primeros roces. Sin embargo, casi nunca es el destino.
Durante un viaje convivimos las veinticuatro horas del día. Dormimos menos, caminamos más, cambiamos horarios, pasamos calor, hacemos desplazamientos largos y tomamos decenas de decisiones continuamente. Todo eso reduce la paciencia de cualquiera y en los adolescentes todavía más.
Por eso, antes de buscar soluciones, merece la pena entender algo muy importante: discutir alguna vez durante un viaje no significa que las vacaciones estén saliendo mal. Significa que sois una familia compartiendo muchos días seguidos. Y eso es completamente normal.
1. No intentes que el viaje sea perfecto
Este ha sido probablemente el mayor aprendizaje que nos han dejado todos estos años viajando.
Al principio quería que todo saliera exactamente como lo había imaginado. Si alguien protestaba por madrugar, si una excursión no gustaba o aparecía una discusión, sentía que el viaje empezaba a estropearse. Hoy lo veo de otra manera.
Unas buenas vacaciones no son aquellas en las que nadie discute. Son aquellas en las que una discusión no tiene el poder de arruinar todo lo demás. Cuando bajas el nivel de exigencia, también baja la presión que siente toda la familia. Y, curiosamente, el ambiente mejora casi sin darte cuenta.
2. Muchas discusiones empiezan antes de que nadie diga una palabra
Con el tiempo descubrimos que muchas discusiones no nacían por una mala contestación. Empezaban mucho antes; después de varias horas caminando, con calor, hambre o esperando un transporte, cuando todos están cansados, cualquier comentario puede convertirse en un conflicto. Por eso empezamos a fijarnos menos en la discusión y más en la causa. Muchas veces la solución no era hablar más, era sentarse a descansar, comer algo o cancelar el siguiente plan. Parece un detalle pequeño, pero cambia muchísimo la convivencia.
3. No intentes resolver cada enfado inmediatamente
Durante mucho tiempo cometimos el mismo error. En cuanto aparecía un mal gesto o una discusión, intentábamos solucionarla en ese mismo instante. Normalmente solo conseguíamos alargarla.
Con los años aprendimos que, a veces, lo más inteligente es dejar un poco de espacio: respirar, caminar unos minutos, esperar. Muchas veces, media hora después, nadie recordaba siquiera por qué había empezado el enfado. No se trata de ignorar los problema, se trata de elegir el momento adecuado para hablar de ellos.
4. No hace falta tener razón en todas las conversaciones
Cuando viajas durante muchos días juntos aparecen pequeñas discusiones que, vistas con perspectiva, no tienen ninguna importancia quién llevaba razón, quién eligió el restaurante, quién hizo esperar al resto. Antes sentía la necesidad de corregirlo todo. Hoy me hago una pregunta muy sencilla.
¿Merece la pena discutir por esto? La mayoría de las veces la respuesta es no. Hay conversaciones que es mejor tenerlas al volver a casa. Y hay otras que, simplemente, desaparecen solas si dejamos pasar un poco de tiempo.
5. No obligues a que todos disfruten de lo mismo
Uno de los cambios más importantes que hicimos fue dejar de esperar que todos disfrutáramos exactamente de los mismos planes. Recuerda que todos tenemos personalidades diferentes y cada uno disfruta más de alguna actividad u otra y por eso, es normal que no se tenga el mismo entusiasmo en cada actividad.
En lugar de intentar convencerles de que aquello era interesante, empezamos a buscar un equilibrio. Si un día recorríamos una ciudad, al siguiente intentábamos hacer una actividad más dinámica, pasar unas horas en la playa o simplemente bajar el ritmo.
Cuando dejas de medir el éxito del viaje por si todos disfrutan de lo mismo, desaparecen muchas frustraciones. Lo importante no es compartir todos los gustos, lo importante es que cada miembro de la familia encuentre momentos que realmente le ilusionen.
6. La autonomía también mejora la convivencia
La adolescencia es una etapa en la que necesitan empezar a tomar pequeñas decisiones por sí mismos. Viajar también puede ayudarles a hacerlo. No hace falta darles una libertad absoluta. Basta con pequeños gestos: dejar que entren solos en una tienda mientras esperáis fuera, que elijan un restaurante, que busquen un mirador o que decidan qué quieren hacer durante una parte del día.
Nosotros notamos un cambio enorme cuando dejamos de dirigir cada minuto del viaje. Curiosamente, cuanto más confiábamos en ellos, más participaban y mejor era el ambiente. A veces, dar un poco de independencia también es una forma de fortalecer la relación.
7. Hablad del viaje antes de hacer las maletas
Muchas discusiones pueden evitarse incluso antes de salir de casa. No se trata de organizar una reunión familiar, sino de hablar con naturalidad sobre cómo imagináis el viaje; ¿qué le hace ilusión a cada uno?, ¿qué ritmo os gustaría llevar?, ¿habrá algún día para descansar? ¿puede cada uno elegir una actividad?
Estas conversaciones crean una sensación muy diferente.El viaje deja de ser un plan impuesto por los padres y empieza a convertirse en un proyecto compartido. Y eso cambia mucho la actitud con la que todos empiezan las vacaciones. En nuestro caso mis hijos son dos plos opuesto uno es visitar ciudades y otro de playa; asi que siempre intentamos ajustar el plan para que cada uno disfrute.
8. Recuerda por qué decidiste viajar con ellos
Hay días que salen torcidos: llueve. hace demasiado calor, alguien está cansado, o simplemente el ambiente no acompaña. En esos momentos intento recordar por qué empezamos a viajar de esta manera.
Nuestros hijos llegaron a una edad en la que las vacaciones de siempre ya no les ilusionaban. Fue entonces cuando decidimos cambiar nuestra forma de viajar para volver a compartir experiencias que realmente nos unieran como familia. Cada viaje no tiene que ser perfecto. Solo tiene que regalaros suficientes momentos buenos para que, cuando pasen los años, todos tengáis ganas de volver a repetir. Y, créeme, esos momentos casi nunca desaparecen por una discusión puntual.
Viajar también es aprender a convivir
Con los años hemos dejado de perseguir unas vacaciones perfectas. Hoy sabemos que siempre habrá algún momento de cansancio, de tensión, alguna diferencia de opinión o algún plan que no salga como esperábamos. La diferencia está en cómo los gestionamos y en la importancia que decidimos darles. Y no pasa nada.
Lo importante no es que nunca haya discusiones, sino que las buenas experiencias pesen mucho más que esos pequeños momentos. Porque, cuando pasan los años, nadie recuerda aquella discusión por madrugar o por elegir un restaurante.

